“COMO PIEDRAS PARA FLECHAS”, DE KUQUI SÁNCHEZ (*)

Hay textos que tienen la extraordinaria virtud de situarnos de inmediato en los escenarios descriptos. Este fenómeno suele producirse cuando, por diversos factores, nuestras propias experiencias se relacionan con las imágenes y los hechos relatados por el autor y nos hacen “revivir” aquellas sensaciones del pasado.

Es entonces cuando se produce esa mágica conexión entre el texto y nuestra memoria emotiva, un proceso que se traduce en un éxtasis placentero.

Ese regocijo me hizo demorar el avance de lectura, dosificarlo noche a noche, a conciencia de que su duración estaría limitada a un centenar de páginas. ¡Era tan lindo apagar la luz para seguir contagiado de las frescas impresiones campestres!

Si tuviera que sintetizar los elementos esenciales de la obra elegiría estas palabras: bellas añoranzas, lirismo bucólico, gratitud, amor profundo.

Las añoranzas se despiertan en la voz del autor a cada paso de su recorrido por los parajes mesetarios, y tiene una lógica razón de ser: Kuqui vivió una buena etapa de su infancia en el campo, y es sabido que las experiencias infantiles conectadas con el ambiente y el paisaje circundantes nos marcan de por vida.

Él mismo lo confiesa en el prólogo, al describir la meseta, su extensión, sus silencios, su gente, para agregar: “Es hermoso tener todo eso en la memoria. Pero no es bueno. Lo bueno es compartirlo”.

A partir de allí empiezan a desgranarse los recuerdos que han ido tejiendo su red de nostalgias: el niño que camina por la meseta, que se deja encantar por las piedras de colores, que busca macachines y los extrae para deleitarse con su dulzor terroso; que se lastima ocasionalmente con la espina de un algarrobo, que descubre rastros reveladores e inquietantes sobre el suelo, que disfruta el frescor del agua al bañarse en una vertiente; el chico que contempla los componentes de un recado con curiosidad infantil y una atención tan profunda que le permitirá describirlo muchos años más tarde con todo detalle, como si lo estuviera viendo.

El lirismo bucólico atraviesa toda la obra, tan rica en sensaciones campesinas, y encuentra su mayor intensidad en las descripciones de escenas vinculadas a la vida rural: una rastra cargada de alfalfa y tirada por tres percherones, el jinete que se aleja esquivando jarillas y molles, el arroyo flanqueado de cortaderas y pajonales, la caída del sol sobre los labradíos, “el aroma del duraznillo, del molle o la jarilla mojada”, “la sombra fresca y dulce del eucalipto”… Solo quien ha experimentado esas vivencias y las ha hecho propias puede lograr transmitirnos su textura poética de una manera tan expresiva, como lo hace el autor en estas semblanzas.

La gratitud y el amor profundo van de la mano a lo largo de toda la obra. Kuqui nunca dejó de pertenecer espiritualmente a esa dimensión geográfica y pastoril, aun cuando su actividad lo llevó a radicarse en la ciudad. Está claro que sus ojos están ahítos de distancia, que su alma busca refugiarse con frecuencia en la soledad compañera y el expresivo mutismo de la gran planicie chubutense. Porque allí, aunque suene a paradoja, estar solo y en silencio es estar bien acompañado cuando nuestro corazón pide una tregua, un resuello que nos rescate del bullicio circundante; del dolor, de la desazón y de las penas.

Allí están las figuras queridas, los viejos pobladores que lo recibirán con un abrazo y unos buenos mates con tortas fritas o un ocasional asado. Allí estará la charla colmada de remembranzas, y también la evocación de los que ya partieron de la vieja querencia para reposar en los campos altos y serenos del cielo.

Y allí va, entonces, cada tanto, al interior profundo, don Jorge Horacio Sánchez, acompañado por sus seres queridos, como si viajaran a través del tiempo para volver a la vieja casa, al galpón abandonado, a la solitaria escuelita rural. Va en misión de buenos oficios, lleno de afecto y agradecimiento. ¿Qué otra cosa ha de esperarse de un hombre tan noble y tan bueno?

Podría contar muchos más detalles de la obra, pero sería injusto quitarle a los lectores el placer de descubrirlos por sus propios medios.

Francamente, fue un gran deleite leer este libro de un amigo al que quiero tanto y que tiene tan “buena letra”. Y eso que Kuqui, con su proverbial humildad, pretende advertirnos desde el prólogo con una frase inicial: “no soy escritor”… 

Tal vez quiso decirnos que no se dedica a escribir a tiempo completo, pero cuando siente la necesidad de hacerlo…, ¡ah, mi amigo! ¡Qué pluma decidora y sensible! ¡Cuántas emociones logra transmitir!

Muchas gracias por este rico aporte a la literatura patagónica. 

¡No se lo pierdan! Yo sé lo que les digo.

C.D.F.

(*) “Como piedras para flechas”, de Kuqui Sánchez. 20/10/2020. Ed. gráfico – A.P. Bell 784 – Trelew (Chubut).