Encuentro en las Malvinas
Los puentes del idioma galés

Por Fernando Coronato

Estando en las Islas Malvinas a principios de diciembre de 2008, un día que terminé temprano con las obligaciones académicas que me habían llevado allá, pude darme el gusto de ir al museo de Puerto Stanley. No es un museo de arte, ni de historia, ni de ciencias naturales, sino simplemente “el museo”, de lo que venga, lo que en un pueblo tan pequeño –menos de 3000 habitantes- no es de extrañar.

Lo concreto es que el museo tiene de todo un poco, mucho de navegación, mucho de aves, bastante de vida cotidiana y bastante de historia -una versión muy tuerta de la misma por cierto. En el interior del edificio uno se entera de que originalmente fue construido para albergar a las oficinas de LADE (Líneas Aéreas del Estado) a principios de la década de 1970, cuando había vuelos de esa empresa argentina entre Comodoro y Stanley. En esa época en que -como me diría al día siguiente un señor mayor- “todo era dulce y rosa”.
Después de la guerra de 1982, el edificio fue rebautizado como “Britannia House” y entonces se empezó a montar en él el museo, juntando objetos, recuerdos e información de todo tipo.

El museo también tiene una salita destinada exclusivamente a la guerra de 1982, esa experiencia tan traumática en las islas como en el sur del continente.

Tragando saliva y proponiéndome no emocionarme, entré. Estaba todo muy apretado, mucha cosa en poco espacio, mucho dolor concentrado en objetos de todo calibre. La reconstrucción de un “pozo de zorro” argentino, con latas de conserva argentinas y paquetes de yerba (además de los enseres bélicos), me metió de lleno en casa…y en las condiciones miserables de los soldaditos de aquella época. A propósito, las esquelas escritas a mano y en inglés por algunos soldados que pedían comida a los kelpers, me llenaron de pena, y las tapas de la revista Gente, gritando “Vamos ganando”, me llenaron de bronca.

Así que no estaba de humor cuando me topé con tres ingleses que visiblemente eran excombatientes porque tenían la edad (cuarenta largos o cincuenta) y sobre todo porque había uno que llevaba puesto el uniforme de combate, de tan consustanciado que estaba con su propia historia y su papel. Se los veía muy entusiasmados mirando las fotos y los mapas y las armas. Se ubicaban en los papeles y recordaban, “¡acá estaba yo!”, “desde aquí nos tiraban”, “nos replegamos para acá…”, señalando en el mapa.

Me dio rabia pensar que su victoria era nuestra derrota, que su alegría era nuestro llanto y que los logros que festejaban y comentaban eran a costillas nuestras. Preferí irme de la sala y seguir mirando los pajaritos embalsamados…

Al rato los tipos también salen y cuando firman el libro de visitas, leo de reojo que uno escribe en galés “…diolch yn fawr” . Renglón seguido firmo yo y anoto “diolch yn fawr hefyd”, y entonces los abordo hablándoles en galés.

Así se rompió el hielo.

Los tres hombres se sorprendieron mucho pero sólo dos de ellos hablaban en galés. Acto seguido me preguntaron de dónde era y cuando se enteraron que era de Chubut, uno me dijo que en 1982 se había cruzado con dos o tres “de los tuyos” (o sea argentinos que hablaban en galés). Me dijeron de dónde eran, uno del sur –que estudiaba galés- y otro del norte, de galés como lengua nativa. Era de Porthmadoc, y cuando le conté que había estado allí y que en Tremadoc, ahí cerquita, había visitado la casa natal de Lawrence de Arabia, me explicó bien donde vivía y cómo se llamaba: David Jones, y me estrechó la mano.

Entonces seguimos hablando un rato de las cosas que nos unían y no de las que nos separaban. Comentamos algo del libro “Ein rhyfel ni” que venía muy al caso, recordamos la historia de Milton Rhys en la catedral, les conté que había estado allí el domingo, que yo no había peleado en la guerra, que la Patagonia es muy parecida a las islas, que …

Habríamos seguido charlando -estoy seguro- si el compañero de ellos, que no hablaba galés, no hubiera empezado a resoplar de aburrido. Así que la cortamos, nos despedimos con un abrazo y por fin entendí que la guerra la hacen los estados y no las personas.

Luego los volví a cruzar por la calle (lo que no es nada difícil en semejante pañuelo) y nos volvimos a saludar y a charlar del tiempo, y tywydd, según las normas de cortesía…

Entonces recordé que el Plaid Cymru, el Partido Nacionalista Galés, fue el único partido británico que en 1982 se opuso a la guerra de entrada, y entendí que la llamada “comunidad galesa del Chubut” tiene un papel muy importante en la construcción de la paz, y que no podemos delegarlo.

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