Hoy es el día.
Aquí me encontrarás.

 

He estado buscando las palabras. Analizándolas y analizándome, porque el sentir me llevaba hacia las despedidas absolutas, si me aceptas la libertad para subtitularlas.
Una y otra vez escarbé en el mismo pozo. El ejercicio fue provechoso. Decanté de cada experiencia un rico sedimento.Vivir y despedir tienen una misma raíz. No puedo asegurar que sea igual la conjugación. Creo que no lo es.
Es de todos los días la acción de despedirse, sucede que no tomamos conciencia de ello. Las pequeñas variables acumuladas, se acopian sin clasificar.
La suma de esas sutiles despedidas suelen resolverse en cualquier hora…en un despertar de la mano del presente. No es más, ni menos que un tropezón con los «ayeres» que han trabajado amplia, totalmente en nosotros. Así nos despedimos de nuestra niñez y de la de nuestros hijos, de la juventud de nuestros padres y de nuestra propia juventud.

Amiga, despedirse -en cualquiera de sus modos- es conjurar recuerdos.
El que queda, el que parte, ambos, pretenden recuperar en instantes una porción de vida que no es pequeña, que es polícroma, que se arma «a nuevo» con lujo de detalles que emergen de la memoria que se mantuvo dormida, tal vez, por años.

Hay en todo esto un dejo de egoísmo. No queremos se aleje esa pieza que tiene un encaje justo, ganado con constancia, permanencia, encuentros y por qué no desencuentros, rutinas… en nuestra vida.
Cómo impedir el curso natural? Cómo esquivar el vacío?
Pues, con una actitud defensiva, refleja: volcar sobre la mesa ese tesoro que guardamos en la cartuchera del alma.

Para este «juego» no hay edad. No hay restricción de sexo. Todos podemos practicarlo. Y lo hacemos.
Algo realmente bonito es que por sobre esa sensación de desgarro y emoción que nos embarga, sabemos que es esperanzador el horizonte, que es merecida su propuesta y que así como se nos cierra la garganta por momentos, nuestros brazos están abiertos alargando el saludo para quien se aleja y para que sea visible en la distancia, así tendrá la certeza de que siempre estarán esperándolo para un abrazo.

Más aún, y de esto podemos dar fe: construir senderos sobre los futuros caminos, tender puentes nuevos sobre viejos pilares para que cuando lleguen las horas de las coincidencias, materialicemos el tesoro de la amistad.

Olga E. Cuenca

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