Nuestra señora de los Arrayanes

Juan Bautista Vallés (*)

Llevamos navegando casi dos horas. Atraca la nao y nos disponemos a descender.
Luego de cruzar un muelle de madera sometido a vientos, lluvias y soles despiadados, de los que dan muestra sus cicatrices, comenzamos a caminar rumbo a la entrada.
Con la experiencia de las visitas guiadas a la catedral de Milán o Chartres, dejé pasar a la muchedumbre que me rodeaba. Eran hombres, mujeres, niños, con intereses diversos y sólo un rito común.
Entonces, ya solo, llegué al comienzo del templo. Caminé por un pasillo de piso de madera que seguía el ascenso de la tierra. Eran restos de un árbol que murió para que otros sigan vivos. El horizonte. No sabía si era de la nave central o de una de los laterales. Recordé que las catedrales tienen forma de cruz. No hay aquí paredes que marquen los límites laterales, hay una proyección hacia los costados que es espacio hasta donde la vista alcanza antes de enredarse en ramas y troncos de árboles y arbustos. No hay una figura que represente lo que es. No hay un cuadrado, ni un rectángulo ni un círculo. Su forma está más allá de lo conocido.
Largos pilares sostienen el techo que está compuesto de millones de hojas verdes y pequeñas que raptan rayos de sol y el agua hecha lluvia o rocío.
La luz proviene de rayos que se cuelan por minúsculas rajaduras y dan al ambiente la difuminación de los cuadros de Leonardo.
Hay un silencio total. El silencio habita allí. Únicamente la luz lucha con él por el reino.
En ese ambiente reina la vida. Millones de semillas, brotes, prescinden del tiempo de los hombres para engendrar, nacer, crecer, morir.
Se necesitan veinte vidas de hombres para llegar al techo de esta iglesia.
Nuestra señora de los Arrayanes se aloja aquí. La Vida es una invitada permanente. Los arrayanes, esos árboles desnudos de los conquistadores, quieren ser los únicos habitantes de este monasterio. Como cuando eran los quetri de los aborígenes. Los troncos de los arrayanes tienen el frío del mármol o del granito o el cemento de las columnas catedralicias. Ellos siguen expuestos al frío de su savia porque alguien les robó la corteza protectora. Disputan a los ñires y al ciprés el espacio para sobrevivir, en esa sorda lucha de los seres vivos.
Nuestra Señora de la Vida hace un milagro a cada instante pero, tímida, lo oculta en una semilla, bajo la tierra, en las alturas, en un brote.
La procesión de los hombres ya se ha ido y se ha llevado el rumor de sus conversaciones, el ruido de los mecanismos para filmar y fotografiar, las observaciones superficiales y los comentarios inútiles.
Nuestra Señora de los Arrayanes vuelve a la soledad milenaria. A los tiempos largos con olor a infinito. Cada uno de los árboles se cubre con igual vestido color canela. Millones de días han contemplado y lo sigue haciendo al ser un arbusto devenido en árbol. No hay pájaros en este templo de la vida salvo los que ocasionalmente curiosean por aquí, sin anidar. Como no queriendo mezclar los mundos vegetal y animal.
Me imagino el paisaje en febrero cuando abunden las flores blancas y olorosas, poniéndoles un toque de femineidad como a las novias en el día de su casamiento.
Abordamos otra vez la nao.
El barco se va y desde el lago sólo se aprecia una mancha verde. Visto desde allí no es más que un macizo vegetal.
Se reserva su identidad y lo que atesora.
Un bote amarrado y el viejo muelle de madera denotan la presencia del hombre que mueve la estela que choca contra la playa.
Una vez más la naturaleza vence y parece que la vida también.

(*) De “Tercer Libro” – Biblioteca Popular Agustín Álvarez – Trelew, Chubut – 2008

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