UNA LÁPIDA PARA AARON LOEWENTHAL
 
Por Fernando NELSON
SR JORGE LUIS BORGES
De mi consideración:
He titubeado, para qué negar, antes de poner en sus manos esta carta, pero ya que se ha tomado el trabajo de narrar un hecho importante de mi vida, quisiera que al menos conozca toda la verdad sobre el mismo.
Me estoy refiriendo a su relato que ha titulado «Emma Zunz”, que tanto ha dado que hablar, y que -según entiendo- hasta ha sido motivo de una película, si bien meramente nacional.
Me consta que usted, como es su costumbre, ha recopilado todos los datos posibles para escribir el sucedido, aunque tales datos, por una cuestión obvia, se limitaron en este caso a las actuaciones sumariales, y a algún comentario de Elsa Urstein y Perla Kronfuss, amigas de Emma, amigas que, desde luego, ignoraban los pormenores de lo acontecido. El hecho en sí, el hecho que terminó motivándolo a redactar el texto, no ha sido conocido en su totalidad ni siquiera por la propia señorita Zunz. Sólo una persona lo sabe todo, y esa persona no puede ser otra que Aarón Loewenthal, a quien todos creen muerto, claro, y es quien le escribe.
Yo no podía ignorar, habiendo tratado a Emma, que ella tomaría venganza por incriminar a su padre en un robo que no cometió. Sobre todo porque él, para eludir el oprobio, emigró a Brasil. Yo suponía que, con el tiempo, Zunz volvería a1 país, y en ese caso, había decidido entregarle una fuerte suma de dinero para que no molestara. Todo cambió cuando recibí la carta donde se hablaba de la muerte de Maier -que no era otro que el ya mentado Emanuel Zunz-. Supuse que Emma había recibido también esa noticia, porque su padre tendría al menos esas dos importantes direcciones -la suya y la mía- en su agenda personal. Ella todavía trabajaba en mi fábrica, y entonces para mí era más fácil hacerla seguir. Conocía – estaba seguro- que, dado su temperamento, tomaría algún tipo de represalia -lo he dicho ya- contra mi persona. Mientras ella elaboraba su plan, yo puse en funcionamiento el mío. Decidí buscar al enfermero del hospital de Adrogué, al que conocí de casualidad, y con quien teníamos un parecido físico extraordinario. Obtuve su dirección y pude ubicarlo en su casita de los suburbios. Hasta el propio dueño de casa, al abrirme, se sorprendió de nuestros parecidos, y se acordó de mí. Entre mate y mate le referí esta historia: le expliqué que habíamos acordado separarnos con mi amante; yo le daría a esta mujer una importante cantidad de dinero para reparar el daño que le ocasionaba, y no volveríamos a vernos. El problema -añadí- era el temor a quebrarme, y decirle en el último minuto que la amaba. El otro, mi sosías, escuchó con atención. Le propuse que él tomara mi lugar, ya que la mujer recibiría el cambio, pues todo demoraría un par de minutos, lo suficiente para entregarle un sobre con los valores acordados. El otro, cuyo nombre verdadero era Emiliano Fuentes, indicó que eso era lo de menos; igual quiso saber cuanto le tocaría a él. Le puse un abultado fajo de dólares sobre la mesa, y le prometí la otra mitad para después de resuelto el problema. El hombre guardó con prontitud el dinero, y afirmó que él era la persona adecuada para el trabajo, cosa que, por supuesto, yo sabía con antelación.
Ese mismo día nos reunimos en el living de la casa (situada en los altos de la fábrica) donde le di las instrucciones, y concreté los cambios imprescindibles sobre la humanidad de Fuentes: el corte de pelo rapado -casi calvo- que era mi corte de pelo, la tintura en su barba, la insistencia para que impostara la voz, la atenuación de sus gestos un poco bruscos, el tiempo que debía tomarse antes de contestar, y sobre todo – en esto debí insistir- el consejo de hablar lo menos posible. Con mi ropa encima y los relucientes quevedos, nadie hubiera notado que Emiliano Fuentes y Aarón Loewenthal eran dos personas distintas. Ni siquiera Emma Zunz. Cuando ella llamó por teléfono para pedirme una cita a solas, el plan quedó cerrado.
No hace falta, Borges, que deba detenerme en lo que pasó después. Al pobre hombre esta chica lo acribilló a balazos pensando que era yo, y la policía, tal como usted lo da a entender en su testimonio, no tenía motivos para dudar de ella, así que la dejaron libre. En cuanto al cadáver, nadie lo buscó ni lo reclamó debido a que hacía varios años que Fuentes vivía solo.
Yo he debido emigrar a un país donde estoy tranquilo (y a salvo de la Justicia, en caso de que intente delatarme) y le hago llegar esta carta a través de un amigo que la va a despachar desde cualquier buzón de Buenos Aires. El nombre del remitente -ahora lo sabe- es meramente formal. Lo saludo con el mayor respeto.
                                                         Emiliano Fuentes.
Bookmark and Share

SI LO DESEA, PUEDE VOTAR ESTE ARTÍCULO PARA EL RANKING DE BITACORAS.COM