¡ORO!
 
 
Por Jorge Eduardo Lenard Vives
   “¡Oro! ¡Oro!” Según nos cuenta Roberto Hosne en su libro “Patagonia. Leyenda y realidad”, tales fueron los gritos de los socorristas que, en 1885, buscando un pecio en las costas próximas a Cabo Vírgenes, hallaron pepitas del preciado metal entre la arena de la playa. Sus exclamaciones atrajeron desde la lejana Rumania a Julio Popper, un personaje de la historia patagónica que concitó la atención de la Literatura. Prueba de ello son libros como “Julio Popper: Quijote del oro fueguino” de Arnoldo Canclini, “Quién fue el conquistador patagónico Julio Popper” de Boleslao Lewin y “¡Oro en Tierra del Fuego!” de Carlos Vairo y Francis Gatti.
   El mismo minero brindó a las letras algunos escritos, aunque técnicos: “Atlanta. Proyecto para la fundación de un pueblo marítimo en Tierra del Fuego”, “Exploración de Tierra del Fuego” y otros. Pero, si bien el más conocido, Popper no fue el único buscador de oro en la región. Tanto en el litoral marítimo como en la cordillera, muchos persiguieron la quimera del brillante elemento. Quedan, entre otros testimonios, las bateas de madera que aún se ven en algunos arroyos cercanos a las nacientes del río Chubut, en el cordón Serrucho. También Carlos Ferrari, en su novela épica “El riflero de Ffos Halen”, lo recuerda a través del frasco de laminillas áureas que Randall reunió “por el simple afán de arrancarle a esta tierra algo más que sufrimientos y dolores”; y cuyo misterioso destino final sus lectores conocen.
   Antes del descubrimiento del petróleo y cuando recién comenzaba la ganadería ovina a presentarse como un recurso para la zona, el oro fue uno de los principales atractivos de la Patagonia. El mito nació en los días de la colonización española, con la leyenda de la Ciudad de los Césares y sus mentas de riquezas de todo tipo; historia que describe Ernesto Morales en “La ciudad encantada de la Patagonia”. Con el tiempo se transformó en un tesoro tangible, pero no menos fabuloso. Al llegar a Buenos Aires el cacique Patoruzú, en las primeras tiras de la historieta, trae en su baúl pepitas de oro halladas en “el Chubú”.
   La existencia de oro en el sur llevó a Roberto Arlt a incluirlo en su novela “Los siete locos”, como una de las fuentes de financiamiento de la secta secreta cuya creación propugnaba el Alquimista: “En la montaña… será en el Campo Chileno… colocaremos lavaderos de oro, la extracción de metales se efectuará con electricidad”. Luego, el Buscador de Oro ubica el Campo Chileno: “Primero estuve en Esquel… están las máquinas tiradas de una explotación que fracasó, después anduve en Arroyo Pescado… caminé… allá, no sé si ustedes lo sabrán, los días no se cuentan y entré al Campo Chileno.” El autor de las crónicas de su viaje a la región, reunidas bajo el título de “En la tierra del viento”; vuelve a mencionar la Patagonia en el diálogo final de “El juguete rabioso”, entablado entre Arsenio Vitri y el protagonista:
“–Vea, yo quisiera irme al Sur… al Neuquén… allá donde hay cielos y  nubes… y grandes montañas… quisiera ver la montaña.
 –Perfectamente: yo le ayudaré y le conseguiré un puesto en Comodoro, pero ahora váyase porque tengo que trabajar. Le escribiré pronto… ¡Ah!, y no pierda su alegría, su alegría es muy linda.
   Y su mano estrechó fuertemente la mía. Tropecé con una silla… y salí.”
   El episodio anticipa otra “huída al sur”; la de Martín, protagonista de “Sobre héroes y tumbas”. Ernesto Sábato culmina su novela con la frase que el camionero Bucich dirige a Martín: “Bueno, a dormir, pibe. A las cinco le metemos. Mañana atravesaremos el Colorado”. Bucich era de “Lago Viedma, cerca del Fisroy”; donde su padre había llegado… buscando oro: Mi viejo era marinero y en el barco alguien le habló del sur, de las minas de oro. Y ahí nomás el viejo se embarcó en Buenos Aires en un carguero que iba a Puerto Madryn. Allá conoció a un inglés Esteve, que también andaba queriendo encontrar oro. Así que siguieron viaje pal sur.»
   La explotación aurífera no se produjo sólo en la Patagonia, sino en la región chilena de Magallanes; donde dio lugar a obras literarias, como la novela “Oro maldito” de Lucas Bonacic Doric. Julio Verne, en “Los náufragos del Jonathan”, incluye el hallazgo de exuberantes placeres (y los subsiguientes problemas) en la isla Hoste. Algunos escritores trasandinos se interesaron por la figura de Popper. Tal el caso de Armando Braun Menéndez, quien vivió muchos años en la Argentina, con “Julio Popper, el dictador fueguino”, Francisco Coloane y su cuento “Tierra del Fuego”; y Patricio Manns, en la novela “El corazón a contraluz”.
   Una “fiebre del oro” parecida desarrolló el oeste de Estados Unidos: se fundaron ciudades y pueblos, creció la población en cientos de miles de personas, se construyeron escuelas y caminos, se mejoraron las comunicaciones y el transporte. En la Patagonia el fenómeno no siguió el mismo camino; otros recursos desplazaron del centro de la actividad económica a la extracción del metal. Que sin embargo existía. Y en gran cantidad. Basta mirar la actual industria minera en la región, para percatarse de que había permanecido oculto hasta ahora.
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