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LUEGO… HAY UN DESPUÉS

 

Por Ada Ortiz Ochoa (*)

 

 

 

La casa tiene un techo de brillante chapa acanalada, que sobresale con un reborde de pestañas onduladas.

Dejo deslizar mi mirada por las ásperas paredes. Las ventanas cerradas dan un aire de indiferencia al aspecto general de la imponente construcción.

La verja llena de filigranas metálicas, contiene la tupida mata multicolor, que descuidada, crece sin control. Yuyos y plantas de jardín se encuentran entreverados, así como el bien y el mal, se deslizan amalgamados en toda existencia humana.

Tengo la sensación de ser un escombro de la vida, desesperadamente necesitado del apoyo solidario de una mano fraterna, o del beso de Dios para limpiar mi frente. Pero aquí estoy, conquistador sin conquistas, guerrero sin luchas, vencedor sin triunfos…

Titubeo atribulado, sin poder dar un paso. Llagas en mi alma muerden sin asco.

Un temblor recorre mi cuerpo y casi sin sentirlos mis pies avanzan, uno y el otro, más adelante en esa dirección. Hacia puerta la principal.

El golpe seco del llamador, no parece ser el resultado del impulso de mi mano.

Siento corridas y voces en el interior…

Cuando la puerta se abre, me quedo contemplando el rostro flaco de la mujer y los ojos asombrados de los pequeños.

Simplemente digo:

-He vuelto.

Como un eco me llegan las voces animadas y debo afirmarme ante el abrazo de mi mujer y de mis hijos…

No puedo recobrar la voz, en mi interior acepto:

-Es el destino.

(*) Escritora de Sierra Grande