LA ESPERA

Por David Aracena (*)

 

 

 

Era sábado cuando me dieron trabajo. Hacía mucho tiempo que no conocía una mañana como esa.
La calle, el cielo claro, el humo de los barcos: ¡arre Platero! Jiménez. Knut Hamsun, Rolland, Kafka.
Fui al puerto a mirar los barcos y a soñar con mis libros. Para entonces, era lo único que me quedaba. Después, ¿tenía yo algo después?
Hago memoria y me veo con mi traje marrón, ya viejo y corto, con sus mangas deshilachadas.
— El lunes, turno de 20 a 4, pozo 1230 —aparato 50— me había dicho brevemente el jefe.
Gasté las últimas monedas en un poco de pan. Pasaba hambre. Iba a vagar por la costa. A mirar los barcos, observando la carga y descarga de mercaderías, los pasajeros subiendo la planchada, acodados en el puente.
El comedor número 4 miraba al Este. A través de la apretada fila de álamos podía ver el mar. El personal comía en mesas largas con unos bancos duros desprovistos de respaldo.
La comida era bastante buena. El precio acomodado.
En el trabajo somos tres: el encargado del guinche, Dañe Vlahovich y yo.
Por el camino, las torres se yerguen silenciosas. Llevamos ya media hora andando.
El aparato 50, queda a veinte metros de las vías del ferrocarril, y el campamento a cinco kilómetros. El trayecto hay que hacerlo a pie.
Desde lo alto de la torre, se puede ver el puerto.
Trabajamos, en extracción. Cuando el pozo no produce, allá vamos nosotros.
El petróleo sale espeso y tibio de la cuchara recién descargada.
Cuando subí la primera vez a lo alto de la escalerilla, sentí miedo. Los tramos, sucios de petróleo eran siempre un problema para los principiantes, y sobre todo con el frío y el viento, que a veces corre a 150 kilómetros por hora.
Con la paga siento deseos de comprarme un saco de cuero, que he visto en la vidriera con el precio pegado en una de las mangas. Después recuerdo que mi madre necesita unos lentes. Vlahovich, tampoco puede distraer su dinero. Me habla de su casa. De sus deseos de volver.
  • Estar con Jakitza y con Gyp – dice. Se queda soñando en su aldea. Siempre está de vuelta: su mujer, su hija. Vuelve a caminar por las calles de su pueblo.
  • Esto es posible – piensa. Aquí está Opuzen. Las casas blancas con sus techos rojos. Está otra vez en el paredón del río. El Neretva, va aguas abajo, sin ruido, entre los pilares y las ramas verdes de los sauces. Se pone triste. Sueña y espera. Me habla de su casa. Conozco todos los detalles. La cocina, y el sendero que va hasta el molino del tío Krezán. El jardín con el bosque de violetas.
  • Pensar que a Bismark, no le gustan las violetas— dice. Conozco la granja y el establo. Hasta creo que he estado en la cosecha. Para ese tiempo hay rosas. Los junquillos están en flor.
Vlahovich, está de vuelta. Descarga la cuchara. Gotea el petróleo espeso y tibio. Deja el gancho a un lado, y se hace un ovillo contra las chapas sucias.
Estamos en mayo y nieva. Tenemos el turno de noche. Hay que bajar la bomba y la cañería es de tiros dobles. Trabajando así, uno tiene que ir al piso 10 de enganchador, y el otro queda abajo entubando los caños con una llave a cadena.
Sigue nevando. Vlahovich, ha ido al aparato 50 a controlar la producción.
Vuelve pronto, cubierto de nieve. Se abrocha la camisa y se sube la solapa del saco. Se mira los dedos de la mano que tiene helados y comienza a subir.
Me apuro y trabajo como un loco. El guinche zumba y el cable queda tirante.
Son 560 metros de cañería hasta el fondo y tardo horas en terminar el trabajo. La llave a cadena esta tibia. En la boca del pozo quedan marcadas mis pisadas entre el barro y la nieve. Arriba, Vlahovich tiembla de frío y la nieve sigue cayendo en copos compactos.
Al mediodía, la bruma lechosa de las lomas dejó el cielo claro y limpio. Empieza el deshielo. Innumerables hilos de agua vienen de lo alto. Las guijas brillan al
— Vlahovich —digo— ¡vamos a gustar esto!
Vlahovich, vive a la espera de cartas. Cuando tiene correspondencia anda todo el día feliz.
– Mañana –dice- es el cumpleaños de Gyp.
Estamos en octubre. Las mañanas se doran de sol. Los brotes de los álamos son ya pequeñas hojas verdes.
Vlahovich, me sigue hablando de su casa. Anda preocupado. La hija está enferma. La cosecha ha sido mala ste año. La uva se ha perdido toda. Su mujer y Gyp se han ido a vivir a lo del tío Krezán.
Tiene que volver a su aldea. A caminar por sus calles, detenerse frente a una ventana. Sentir que le dicen:
— Dobar dan, Dañe.
Pero las cosas no se dieron así, y es Jakitza y la hija las que vienen.
Sabe, sin embargo que algún día ha de volver. Sentir el olor de la tierra en marzo, acariciar las ramas de un árbol.
Alquiló una casa que mira el mar. Pintó la cocina y las dos piezas. Podó el cerco de tamariscos. Los ratos libres arreglaba el jardín.
La noche está clara y tibia. Las sombras mas allá de los focos tienen un aire desolado.
Terminamos de sacar el impresor a caños. Busco un poco de estopa para limpiarlo, para que esté listo para el otro turno que tiene que bajarlo de nuevo. Siento la voz del capataz que dice:
— Vlahovich, hay que poner un poco de aceite al cable que no corre bien.
Faltan cinco minutos para terminar el turno, de 20 a 4 de la mañana.
A las 8 de ese mismo día, desembarcará pasaje el barco que trae a Jakitza.
Vlahovich, trepara ágil por la escalerilla. Siento su voz feliz, cantando, arriba a 20 metros de altura. De pronto, la voz se quiebra entre los hierros y la noche. No sé cómo cayó. Estoy arrodillado frente a él. Siento que se queja, después delira. Confunde la sirena de la ambulancia con la del barco.
– Ya están ahí – dice.
La voz cae delgada, como una hilacha de algodón. Afuera, está silenciosa la mañana. El sol, alarga las sombras y las deja como un hilo.

(*) Escritor de Comodoro Rivadavia.