(textos con historia)

En esta columna procuramos rescatar textos vinculados a la historia de la Patagonia. El artículo que transcribimos a continuación, escrito por Carlos A. Bertomeu, estuvo dedicado a recordar la figura de John Daniel Evans y fue publicado en la revista “Argentina Austral” (A.A. 143/1943) poco después del fallecimiento del recordado pionero galés.

Rasgos de la vida de don Juan D. Evans, fundador de la Colonia 16 de Octubre

Por Carlos A. Bertomeu (*)

El sábado 6 de marzo dejó de existir en Trevelin, Chubut, don Juan D. Evans. Así, escuetamente, nos llegó la triste nueva y no pudimos menos que remontarnos de inmediato en la recordación a la fecunda trayectoria de esa vida que se apagó serenamente en el lejano valle cordillerano que él tanto amó.

Cuando una vida transcurre dignamente y quien la vive cumple un misión efectiva en el medio en que le toca actuar, su muerte, salvo cuando es prematura, lleva en sí el signo de una etapa en la ruta sin fin y por ello mismo la recordación no se reviste de agudas lamentaciones, sino que se convierte en sereno homenaje para aquel que solo desapareció en la materia y queda con nosotros en espíritu. Tal es el caso de John Evans, “pioneer” de los tiempos lejanos de la Patagonia heroica, espíritu aventurero y místico a la vez, precursor del progreso de la cordillera austral, de quien haremos una breve semblanza.

Nacido en 1862 en el lejano país de Gales, llegó con sus padres a las inhóspitas riberas del Golfo Nuevo el 28 de julio de 1865, junto con aquella inolvidable caravana de visionarios que buscaron en el lejano valle del Chubut, el quieto retiro en que pudieran vivir sus nobles tradiciones y costumbres. Se asimiló rápidamente al áspero medio y no tardó de identificarse en el mismo, a tal punto que todos lo apodaron “el baquiano”, por su notable sentido de orientación y el dominio que tenía de los intrincados senderos que los indios abrían en el desierto.

Cuando aún no tenía veinte años, impresionado por los brillantes relatos que los tehuelches —los buenos amigos de la colonia galesa—, le hicieran de las lejanas tierras de Occidente, donde había enormes montañas, impenetrables bosques y cristalinos arroyos en los que basta agacharse para recoger el oro, presintió que allí estaba el verdadero porvenir de esa colonia que en Rawson luchaba desesperadamente contra la adversidad y la pobreza. Es así que en el año 1882, emprende la marcha rumbo a las tierras de promisión, acompañado por tres compatriotas recién llegados: John Parry, John Hughes y Richard Davies.

La sagacidad de Evans impide que, llegados hasta el valle de Gualjaina, caigan en una emboscada que les tienden los caciques de la zona, sedientos de venganza por la conquista del desierto que implacablemente iba realizando el gobierno nacional. Regresan apresuradamente hacia Rawson, pero cuando les faltaban unas pocas jornadas para llegar a destino, fueron atacados sorpresivamente por los salvajes. Sus tres camaradas cayeron de inmediato y fueron horriblemente mutilados, pero John Evans, magnífico jinete, se “apiló” en su fiel “Malacara” y encarando decididamente un profundo zanjón de más de cuatro metros de ancho, consiguió salvar esa valla imposible y escapó así de una muerte segura. Desde entonces aquel lugar es conocido por “El Valle de los Mártires”.

Pero no por esto cejó Evans en su empeño y cuando en 1885 se hace cargo de la primera gobernación del Chubut el teniente coronel Luis Jorge Fontana, eminente patriota, no escatima argumentos ni esfuerzos para convencer al mismo de la urgente necesidad de organizar una expedición en forma a la cordillera. Triunfa en su empeño y salen para el lejano Oeste el 14 de octubre de 1885. En la histórica orden general que Fontana firmara el 16 de octubre en el campamento “Las Piedras”, John D. Evans es designado ayudante del jefe en aquella inolvidable “Compañía de Rifleros del Chubut”, a la que sirve de insustituible baquiano y llegan así, el 25 de noviembre, al más majestuoso valle de la cordillera, según expresión del propio Fontana.

Desde entonces John Evans, sintiendo el irresistible llamado de aquellas tierras con las que tanto soñara, solo desea una cosa: afincarse en ellas. Es así que logra su anhelo y es uno de los primeros pobladores del fértil valle cordillerano, en el que fundó la hoy progresista villa de Trevelin; instala allí el magnífico molino harinero al que debe su nombre: “Pueblo del Molino”, y desde entonces le conocen a él  mismo como “John molinero”… Viejas costumbres, tiempos perdidos en la niebla de otras épocas,  sabor sereno a tierra buena y fecunda, nombres y apodos que cobran jerarquía con el rodar de los años.

Y allí, junto a aquellas maravillosas montañas del “Valle de las Frutillas” al que tan hondamente supo amar, terminó quedamente su vida, mas no habrá una sola persona el Chubut para quien no viva eternamente en el recuerdo y el afecto la patriarcal figura de “John molinero”, con quien desaparece una de las páginas más emotivas de las remotas tierras australes.

Sus compatriotas y los descendientes de sus camaradas de la histórica jornada inicial, le dieron el adiós postrero desde las columnas de “Y Drafod” de Gaiman, el 12 de marzo: …Toda su vida estuvo llena de aventuras y emociones. Sediento de horizontes, ni aun en los días de su ancianidad optó por el descanso. Habiendo, merced a su espíritu tesonero, conquistado una posición holgada, pudo permitirse el placer de viajar por varios países de este y otros continentes. Ahora, terminado ya el largo viaje que fue para él el de la vida, descansará eternamente a la sombra de los Andes gigantescos, pero vivo siempre en el recuerdo y cariño de su pueblo.

(*) Carlos A. Bertomeu fue un escritor e historiador argentino. Entre sus publicaciones más destacadas se distingue “El Perito Moreno. Centinela de la Patagonia”, “El valle de la esperanza”, novela ambientada en la Colonia Galesa del Chubut, “Más allá de las cumbres”, una trama que discurre en cordillera patagónica y “Cazando Pumas en la Patagonia”, obra que escribió junto a Andreas Madsen.