EL HIPOCORNIO DE PALIMISTRÍN

Por Alejandra  Vilela (*)

Había una vez un niño llamado Palimistrín. Este pequeño, que tenía padres con mucha imaginación, creció en una casa llena de aventuras inventadas. Había días en que su madre inundaba el baño, y todos dormían amontonados en la bañera, simulando un naufragio. Los miércoles de luna llena jugaban a viajar en un crucero de lujo, dando  vuelta la mesa del comedor. Sentados allí con las piernas cruzadas, escuchaban a su padre describir las maravillosas forma marinas que veían desde el balcón de su camarote. Así, Palimistrín aprendió a mirar el mundo con ojos de fantasía y para él nada era imposible, ridículo o inexistente. Todo podía pasar en su casa. Y así creció, como un niño feliz en una casa multicolor.  

Un día, cuando tenía 7 años, se mudaron de barrio y su madre lo llevó a una escuela nueva, donde no conocía a ningún niño. Palimistrín fue recibido en la puerta de su aula por la Señorita Perla, que era muy alta y sonreía con amabilidad. La maestra, antes de indicarle a Palimistrín su asiento, lo presentó al resto de los niños. 

“Les presento a Palimistrín,  su nuevo compañero. Vamos a darle un fuerte aplauso de bienvenida a la escuela”. 

Todos aplaudieron y saludaron. Pero uno de los niños, Ángel, levantó la mano y preguntó cómo era posible que se llamara Palimistrín, si ese nombre no existía.  El comentario fue recibido con una carcajada generalizada. La Señorita Perla se puso muy seria y dijo que aunque fuese un nombre que no existía, era muy bonito y no quería escuchar a nadie burlarse del nombre del nuevo compañero.  

Todos se callaron inmediatamente, pero Palimistrín se quedó un poco triste, pensando cómo podía ser que sus padres le hubiesen puesto un nombre inexistente y que él hubiese llegado a los siete años sin notarlo. 

Cuando su mamá lo vino a buscar, lo primero que hizo es preguntar porqué su nombre no existía.  Su mamá le dio la mano, y mientras caminaban a casa, le contestó:

“Por supuesto que Palimistrín existe, lo inventé yo el día que naciste. Vi tu carita y de inmediato pensé que Palimistrín era un nombre perfecto para ti”.  

El pequeño en principio se conformó con la respuesta, pero luego, mientras almorzaba, pensó que Angel  se burlaría diciéndole que tenía un nombre inventado, y se lo comentó a su mamá. 

“No te preocupes Palimistrín, que todos tenemos un nombre que en algún momento fue inventado. ¿O acaso crees que los hombres primitivos se llamaban Perla y Ángel?  Al principio no había nombres y en algún momento a alguien se le ocurrió ponerlos. Ángel también fue inventado, solo que antes que Palimistrín”.

Una enorme sonrisa se pintó en la cara del niño. Su mamá siempre tenía respuestas a sus problemas. 

El día del animal, la Señorita Perla les pidió que dibujasen a su mascota favorita.  Todos tomaron una hoja blanca y lápices de colores y dibujaron a un animal. Clara dibujó a su perra Mala.  Montserrat a su gata, la dulce Minoshina. Fátima dibujó a un gato siamés llamado Cristóbal y Luna a su gallina Florinda. 

Cuando terminaron, todos colgaron sus dibujos en las ventanas del aula. Palimistrín, muy orgulloso, colgó un dibujo multicolor de un ser extrañísimo. Cuando regresaba a su asiento, vio que todos los niños observaban su dibujo. Y lo que era peor, la Señorita Perla también.  Ángel señaló su dibujo con el dedo y dijo: 

«¡Ese animal no existe! ¡Jajajajajaja!»

Palimistrín, ofendidísimo, dijo: “Es un hipocornio, y por supuesto que existe. Mi mamá pintó uno mucho mas lindo en mi cuarto. ¡Lo miro todas las noches antes de dormir!” 

“No existe, no existe”, coreaban todos riendo.

Palimistrín no pudo evitar que lágrimas gordas rodaran por su mejilla. La maestra intentó consolarlo, pero no pudo, así que la directora llamó a su mamá, para que viniese a buscarlo.  Cuando llegó al aula, Palimistrín preguntó en voz alta:

“¿Cómo se llama ese animal, mamá?”

«¡Hipocornio!», respondió ella y una sonrisa triunfal se pintó en el rostro del niño.

La maestra y sus compañeros miraron asombrados a su mamá, pero nadie se atrevió a decirle que no existía. Entonces Palimistrín, para que su madre entendiese el problema aclaró:

“Angel dice que no existen los hipocornios”.

“Angel tiene un poco de razón… no existe TODAVÍA”,  respondió su mamá. 

«¿Todavía? ¿Qué significa eso? ¿Que va a existir?»,  preguntó Luna, que era muy curiosa.

“No todas las formas animales que conocemos hoy existieron siempre, ni van a existir para siempre. Aquí veo dibujados gatos, perros y gallinas.  ¿Ustedes sabían que estos animales no existían en la época de los dinosaurios? Si alguien los hubiese dibujado en esa época, le hubieran dicho que no existían, pero la verdad es que NO EXISTÍAN TODAVÍA, pero existirían en el futuro. Hipocornio es un animal adorable, y con Palimistrín estamos esperando que alguna vez exista. Puede que nunca aparezca, pero ahora no lo sabemos y nos gusta mucho, así que lo hemos adoptado como mascota en casa.»

«¡Levante la mano a quién le gustaría tener un hipocornio el día que exista!», dijo entusiasmado Palimistrín.

Todos los niños levantaron la mano. Menos Angel. A él no le gustaban las cosas que no existían. 

Unas semanas más tarde, cerca de la primavera, la señorita propuso que adornasen el aula con un mural. Ella había dibujado un enorme papel lleno de flores, abejas, mariposas, bichitos colorados y un sinfín de cosas bellas. Puso un enorme recipiente con lápices de colores y dijo a los niños:

«Quiero que cada uno de ustedes escoja un color. Utilizará ese color en distintas partes del mural. Así todos sabremos qué parte pintó cada uno.»

Ángel eligió el azul, porque pensaba pintar todo el cielo. Luna se abalanzó sobre el rosa, que era su color favorito. Lucio adoraba los bichitos colorados, así que buscó ese color. Cuando todos tenían sus lápices, Palimistrín se acercó al recipiente y tomó siete  lápices.

«Debes escoger un solo color, Palimistrín», dijo la Señorita Perla.

«Tengo uno solo», respondió el niño.

«Mentira, tienes siete colores», dijo Tomás.

«¡Nooooo! Sólo tengo uno, que se llama color LUZ!»

«¡Ese color no existe, como todo lo que tienes tú. Nombre que no existe, mascota que no existe y color que no existe!» gritó Ángel.

«¡Sí existe! Llamemos a mi mamá y preguntémosle», retrucó Palimistrín, enfadadísimo.

«No Palimistrín», dijo la Señorita. «Ya hemos escuchado a tu madre varias veces; ahora queremos escucharte a ti. Debes aprender a defender tu punto de vista. Si crees que el color luz existe, explícanos porqué. Todos te escucharemos sin interrumpir», dijo mirando con cara muy seria a todos los demás alumnos. 

El pobre Palimistrín sintió todos los ojos fijos en él y las lágrimas a punto de rebalsar de sus ojos, pero juntó valor y dijo:

«Yo no sé muy bien porqué mi mamá llama color luz a todos estos colores, pero mi casa está pintada color luz, y yo he visto el color luz los días de lluvia. La gente creo que llama arcoíris al color luz,» terminó en voz casi imperceptible, seguro de que no lo había explicado bien. 

Sin embargo la Seño Perla, agachándose, lo abrazó y le dijo:

«Te felicito Palimistrín, porque fuiste capaz de pararte frente a la clase y explicar lo que sabías.  Porque tragaste tus lágrimas. Y porque prestaste atención a las explicaciones de tu madre».  

Luego, dirigiéndose a los otros niños dijo: 

«El año que viene estudiaremos la descomposición de la luz, pero lo que dice Palimistrín es cierto. La luz está formada por esos siete colores que escogió, aunque sólo puedan verse cuando pasan por una gotita de agua un día de lluvia. ¡Es muy original llamarlos color luz, pero me gusta mucho la idea! ¡Gracias por compartirla!»

Ese día Palimistrín volvió muy contento a su casa, porque sus amigos habían entendido que algunas veces existen respuestas que no se nos ocurrieron y que siempre, antes de rechazar una idea,  hay que escuchar las explicaciones que puedan ayudarnos a entenderla. 

(*) Escritora. Este cuento fue finalista en el 2020 en el concurso  #quedateencasa, organizado por Ciencia y Cultura del Chubut. La ilustración es una acuarela de la autora.